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Mitos Argentinos. Así podría comenzar una nota sobre Leonardo Favio:
cineasta, compositor, cantante, militante peronista, hombre de vida
novelesca que acostumbra construir su propio personaje reinventando su
historia una y otra vez, añadiendo detalles que nadie sabe a ciencia
cierta si son hechos reales o simplemente escenas que imaginó, como si
su vida fuera una de sus películas, o viceversa. Un artista tan
fascinado con los mitos –Perón, Gatica, Juan Moreira– que ha
terminado siendo uno de ellos.
La estatura de Leonardo Favio como cantante popular es tan inmensa como
atípica, representativa de una década, la del ’60, plena de cambios
y convulsiones, marchas y contramarchas. Favio llegó a la canción
después de haber dirigido tres películas que lo posicionaban como “director
de culto” dentro de la llamada “generación del ’60” de la
cinematografía argentina. Sin embargo, como cantante, su estilo es
inclasificable. Aunque el éxito de su primer disco, Fuiste mía un
verano, es uno de los mayores que registra la industria discográfica de
nuestro país, Favio se ubicó en una posición equidistante entre la
camada de “El Club del Clan” y la que daría origen a lo que luego
se llamaría “rock nacional”. Sus dos primeros trabajos, Fuiste mía
un verano (1968) y Leonardo Favio (1969).
Al igual que otros cantantes de su generación (Sandro, Leo Dan, Piero,
Facundo Cabral), generó un estilo único e irrepetible, que si bien
incorpora la mélange de influencias que caracterizaba su época –se
pueden detectar rasgos de la canción melódica italiana, la chanson
francesa, el rock primigenio de Elvis y Roy Orbison–, se construye
fundamentalmente a través de su propia imaginación creadora. Su
capacidad es la de construir historias y dotarlas de vívidas imágenes
plenas de detalles cotidianos, que lo acercan a una suerte de
neorrealismo. Pero a la vez carga esas historias con un fuerte contenido
melodramático, en sintonía con la telenovela o, más probablemente,
con el radioteatro. Ese tipo de relato no tenía precedentes en la
canción melódica argentina, y se veía potenciado por la personalidad
de su voz grave (que los críticos “ortodoxos” se empeñaban en
criticar por su afinación dudosa), por las exageraciones expresivas al
alargar las vocales, los inesperados pasajes narrativos que introducía
con sus recitados, que a veces se transformaban en diálogos con su
mujer, Carola.
Todos esos ingredientes hicieron que los temas de Favio hayan pasado a
formar parte de la memoria colectiva de una generación, y están
asociados inevitablemente a la nostalgia por una época que –probablemente
por el tiempo transcurrido y lo siniestro de la historia que vino
después– el imaginario se empeña en pintar como casi idílica, o al
menos coloreada por la esperanza de un futuro mejor.
Su biografía –o quizá sería mejor decir el mito de su biografía–
relata que Fuad Jorge Jury, su nombre real, nació en Luján de Cuyo,
Mendoza, en 1938, que conoció la pobreza, que robó y estuvo internado
en varios institutos de menores, de los cuales se escapaba o lo echaban.
Que su padre abandonó el hogar cuando él era muy chico y murió joven,
que pasó algunos años en el Hogar El Alba, del cual se fugó para
volver a Luján de Cuyo a vivir con su hermano mayor, Zuhair Jury (quien
sería coguionista de casi todas sus películas). Que algunos pequeños
hurtos lo llevaron al Patronato de Menores, que intentó enrolarse en la
Marina, donde duró poco pero se llevó el uniforme, con el cual pedía
limosna en Retiro. Que retornó a Mendoza, donde su madre (que era
escritora de radioteatros) le conseguía algunos bolos en la radio.
De vuelta en Buenos Aires, trabajó en la radio y luego comenzó su
carrera como actor, bajo el padrinazgo de Leopoldo Torre Nilsson, quien
lo tomó bajo su protección y lo incluyó en films como El
secuestrador, Fin de fiesta, La mano en la trampa y La terraza. Su
admiración por “Babsy” era tanta que –según Favio– comenzó
como director para impresionarlo (también para conquistar a María
Vaner, su primera mujer), y le dedicó su primer film, Crónica de un
niño solo (1965). Luego llegarían Romance del Aniceto y la Francisca
(1967) y El dependiente (1968), éxitos de crítica que le valieron
varios premios internacionales.
Sus comienzos como cantante y el éxito fulminante fueron prácticamente
simultáneos. Tocaba la guitarra desde chico, intercambiando clases de
guitarra por sus oficios como cebador de mate con un zapatero chileno
que vivía enfrente de su casa. Como buen mendocino, empezó con tonadas
y otras variedades del repertorio cuyano, a lo que fue agregando luego
zambas y milongas. Pero cantaba en la intimidad de su hogar, para los
amigos, hasta que uno de éstos lo llevó a la primera Botica del Angel,
ubicada en Lima 680, que regenteaba Eduardo Bergara Leumann.
Increíblemente, como sólo sucede en las películas (y en la vida de
Favio), el día de su debut se le acercó un ejecutivo de la compañía
CBS y le propuso grabar un disco.
“El primer tema que grabé fue un gran fracaso –recordaba Leonardo–
porque no vendí ni un solo disco. Se llamaba Quiero la libertad, y es
una canción con la cual creía que se podía hacer una revolución a
partir de ella, pero no pasó nada. En aquella compañía discográfica
estaban Hugo Piombi y Lear, dos productores que sabían mucho, y ellos
me hicieron grabar Fuiste mía un verano y O quizás simplemente le
regale una rosa. Yo discutía con ellos porque quería cantar otros
temas, pero al final tuvieron razón.”
Y vaya si la tuvieron. El simple de Fuiste mía un verano ostenta hasta
hoy el record nacional de venta de unidades de un mismo disco, con un
millón y medio de placas, número totalmente impensable para el estado
crítico en que se encuentra la industria discográfica actualmente. El
primer LP de Leonardo Favio,editado en 1968, llevaba por supuesto el
título de su canción más exitosa, y contenía además muchos de los
temas que constituyen los clásicos de su repertorio, esos que hasta hoy
no puede dejar de cantar cada vez que sube a un escenario. Entre ellos,
Quiero aprender de memoria, O quizás simplemente le regale una rosa y
Ella ya me olvidó, yo la recuerdo ahora. Su fama se extendió por todo
el mundo de habla hispana, a tal punto que esta última sería grabada
en los ’90 por el grupo español Héroes del Silencio, quienes
consiguieron un hit con aquella melodía. Hubo incluso una película,
dirigida por Eduardo Calcagno y producida por Torre Nilsson, titulada
Fuiste mía un verano, que lo tuvo como protagonista. Ese primer álbum
también incluía una canción compuesta por Luis Alberto Spinetta para
Almendra, Tema de Pototo, identificado en su placa como Para saber cómo
es la soledad. Cuando Favio estaba grabando el disco se murió un amigo
muy cercano llamado Carlos, a quien le dedicó esa canción, que era una
de sus preferidas. En el arte original del LP, Leonardo le pedía “permiso”
a Almendra para apropiarse de su tema.
El éxito tomó a Favio un poco desprevenido, a tal punto que llegó a
encerrarse durante meses en su departamento. “Me sentí muy perplejo”,
confesaba él. “No esperaba una avalancha así y no sé si me hizo
bien. Venía de un mundo de mucha tranquilidad, de austeridad, y de
golpe ver esa locura de los medios, de la gente, de los shows
continuados. Me sorprendió, me descolocó, y tardé mucho tiempo en
reaccionar.” A tal punto que luego de grabar un segundo LP en 1969, en
pleno apogeo de su éxito, deja la canción en 1970 para dedicarse a
preparar lo que sería su siguiente film, Juan Moreira.
Por supuesto, la historia de Favio continúa hasta hoy, e incluye varias
películas (entre ellas Nazareno Cruz y el Lobo, la más vista en la
historia del cine argentino), su exilio en países como Colombia y
México durante la dictadura militar, más discos y numerosos retornos
alternados con períodos de ostracismo. Pero buena parte de su carrera
como cantante se apoya sobre esas canciones producidas durante los años
1968/69. Y si bien la intelligentzia siempre se ha empeñado en separar
su obra cinematográfica –que comanda el respeto dedicado a los
grandes directores– de sus canciones, las que son vistas en el mejor
de los casos como un “mal menor”, Leonardo siempre ha enfatizado la
conexión entre ambas: “Yo quiero llegar a la gente y conmoverla
porque no soy otra cosa que un narrador de cuentos, tanto cuando filmo
como cuando escribo canciones”.
Cuando se lo confrontaba entre sus personalidades de director y
cantante, como si fuera una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Favio
respondía: “Para mí, el cine y las canciones no son dos vías
distintas. Muchos dicen: ‘Leonardo canta para ganar la plata que le
permita hacer cine’. Eso no es cierto. Yo canto porque me gusta tanto
o más que el cine. Y si soy un compositor de vuelo rasante, bueno, cada
uno vuela hasta donde le dan sus alas, pero estoy orgulloso de mis
canciones. Como suelo decir, mis canciones están en el inventario
familiar de todo el mundo de habla hispana. Canciones como O quizás
simplemente le regale una rosa, que es un himno en toda Latinoamérica.
Las generaciones van cambiando y los coliseos se llenan con jóvenes que
corean esas canciones que nacieron en la intimidad de mi hogar, como un
divertimento, como una broma, y que trascendieron las fronteras e
hicieron milagros. Mis canciones hicieron milagros, como que yo comiera
más a menudo, que pudiera pagar el alquiler, que pudiera ser solidario
con quien yo quiero porque tengo los medios para hacerlo, hicieron de
los aviones una alfombra mágica que me llevó a países insólitos. Mis
canciones hablan idiomas que yo ignoro. Han sido traducidas al francés,
al hebreo. En fin, con todo eso, ¿cómo no voy a amar la profesión de
la canción o cómo voy a renunciar a ella que me permite seguir en la
pelea?”.
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